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Debunking Myths About Being Deaf – by Their Children Who Can Hear

Children born to adults who are deaf and hard of hearing know – a lot – about the community. In this series, we talk with families who have navigated this scenario and have served as unofficial educators to the public.

Lea en Español

By Lisa A. Goldstein

My 17-year-old (who can hear) texted me one day during his summer program. A company co-founded by an American Sign Language interpreter with the “goal of bridging the gap between the Deaf and Hearing communities” was giving a talk.

Can you guess where this is going?

“They sign!” he texted. “They are playing ‘games.’ Four people were paired up and given something to mouth to their partner, who had to figure out what they were saying. The organizers emphasized that voice should not be used, since one partner was supposed to be deaf. The partners obviously guessed the phrase wrong because they didn’t know how to read lips. Then they had to act it out to show that gesturing and acting is better than reading lips.”

According to him, the person who was not deaf rehashed this concept while over exaggerating her words, “like people sometimes do when they talk to you.” Earlier, he noted, the organizers said something about how people who can hear speak while people who are deaf do not.

“I’m in the bathroom because they are doing the activity again and I can’t watch it a second time,” his message ended.

This incensed me as well. I was born profoundly deaf, diagnosed at 14 months of age. Immediately outfitted with hearing aids, I started daily speech therapy. As an adult, I received a cochlear implant and wear a hearing aid in my other ear. I depend on lipreading for communication and consider myself excellent at it. My son was right, exaggerating lip movements actually makes it more difficult to lipread and is insulting.

Furthermore, anyone who is involved with AG Bell knows that people who are deaf can indeed speak. I would much rather have the ability to read lips than have to rely on gestures or sign language – which not everyone knows.

Back to the program. The presenters asked for more volunteers, and two of his friends went up, “’cuz no one understands what’s happening,” he texted. “They think they’re being supportive, which maybe they are to signers, but like…”

He badly wanted to ask a charged question but didn’t want to provoke something, so he bit his tongue.

More details trickled in.

“They mentioned how on set with masks, people who didn’t know sign would talk into their phones and show the texts to communicate with the signers,” he said. “Then the signers would have to slowly type out their responses because they couldn’t talk into the phone. I don’t know, it was so exaggerated.”

Indeed, thanks to spoken language, it is easier for me to communicate with others even in masks. However, because I can’t lipread through masks, I either ask the mask-wearer to lower it at a distance, or (ideally) wear a clear mask.

Sometime after this, my son had a meeting with the director of the program and one of the teachers. The director brought up the visit and asked what he thought of the speaker.

“I was not about to lie to them,” he recalled, “so I told them I didn’t really like it that much.”

The director knows I’m deaf, so she assumed my son liked the speaker. Surprised, she asked why. He explained why he didn’t like it, and to their credit, they were very apologetic and understanding. Normally, they post on the website, but said they’d either have him look through to make sure anything incorrect was cut out or they’d scrap it altogether. They seem to have chosen the latter option.

They did thank my son for telling them and acknowledged that it probably took a lot of courage to do so. Ironically, that’s not how he views it. He felt strongly and was happy to share his opinion.

This is just an extreme example of what happens on a regular basis. Indeed, by virtue of being the hearing child of a speaking deaf parent, my two kids have grown up learning about listening and spoken language. They have become de facto experts used to combatting misinformation about deafness. And they aren’t unique. They and others like them are constantly correcting assumptions that I or all people who are deaf can sign.

Our kids didn’t sign up for the job, but they’re doing it nonetheless. Whether we actively taught them, they learned by osmosis – or both! – they are our allies. And they make us proud.

 

Los hijos de personas con sordera

Los hijos de personas con sordera e hipoacusia conocen, y bastante, la comunidad. En esta serie hablaremos con familias que tienen experiencia en esta situación y han desempeñado un papel de educadores no oficiales para el público en general.

Mi hijo de 17 años (que tiene una audición normal) me envió un mensaje un día durante el programa de verano. Una empresa cofundada por un intérprete de la lengua de signos estadounidense estaba dando una charla con el «objetivo de salvar la brecha entre las comunidades de personas con sordera y audición normal».

¿Pueden imaginar lo que viene a continuación?

«¡Emplean la lengua de signos!», escribió. «Es increíble. Están “jugando”. Han hecho parejas de cuatro personas y una tiene que comunicar con los labios algo a la otra que debe averiguarlo. Los organizadores han dejado claro que no se puede utilizar la voz, porque se supone que el interlocutor tiene sordera. Obviamente ningún interlocutor ha podido adivinar la frase porque no sabía leer los labios. A continuación, han demostrado que con los gestos se comunica un mensaje mejor que con los labios».

Según decía, la persona que no era sorda repetía este concepto mientras exageraba sus palabras, «como hace a veces la gente cuando te habla». Al parecer, los organizadores habían explicado con anterioridad algo sobre cómo hablan las personas con audición normal que las personas con sordera no hacen.

«Estoy en el baño porque están repitiendo la actividad y no me apetece verla por segunda vez», dijo finalizando el mensaje.

Yo también sentía indignación. Nací con una sordera profunda que se diagnosticó cuando tenía 14 meses. Inmediatamente empecé a utilizar audífonos y a asistir a sesiones de logopedia diarias. En la etapa adulta, recibí un implante coclear y utilizo un audífono el otro oído. Dependo de la lectura de labios para comunicarme y considero que la domino perfectamente. Mi hijo lleva razón en que exagerar el movimiento de los labios lo que hace es dificultar la lectura y resulta ofensivo.

Además, cualquier persona que tenga contacto con AG Bell sabe que las personas con sordera pueden hablar. Lo cierto es que prefiero tener la habilidad de leer los labios que tener que depender de los gestos o de la lengua de signos, que no todo el mundo conoce.

Volviendo al programa… Los organizadores pidieron más voluntarios y dos de sus amigos se ofrecieron «porque nadie entiende lo que está pasando», escribió en otro mensaje. «Piensan que están facilitando ayuda y quizá así sea para las personas que utilizan la lengua de signos, pero me gustaría…»

Tenía muchas ganas de hacer una pregunta mordaz pero no quería provocar ningún conflicto, así que se mordió la lengua.

Hubo otros detalles.

«Mencionaron que, cuando se utilizaban mascarillas faciales, las personas que desconocían la lengua de signos hablaban por teléfono y mostraban los textos para comunicarse con los hablantes de la lengua de signos», dijo. «Seguidamente, éstos tenían que escribir lentamente sus respuestas porque no podían hablar por teléfono. No lo sé, todo era demasiado exagerado».

Lo cierto es que, gracias al lenguaje hablado, me es más fácil comunicarme con la gente, incluso con mascarillas. Sin embargo, como no puedo leer los labios a través de la mascarilla, le pido al interlocutor que se la baje a cierta distancia o (idealmente) que utilice una transparente.

Algún tiempo después, mi hijo mantuvo una reunión con la directora del programa y uno de los maestros. La directora mencionó la visita y le preguntó qué pensaba del presentador.

«No iba a mentirles», recordó, «así que les dije que en realidad no me había gustaba mucho».

La directora sabe que tengo sordera, por lo que había asumido que a mi hijo le había gustado el presentador. Sorprendida, le preguntó por qué. Mi hijo explicó por qué no le había gustado y ellos, por su parte, se disculparon y se mostraron comprensivos. Normalmente publican sin más sus actividades en el sitio web pero, en esta ocasión, le pidieron que revisara la publicación para asegurarse de que se eliminaba lo que no fuera correcto o se descartaba en su totalidad. Al parecer se decantaron por la segunda opción.

Agradecieron a mi hijo por habérselo comunicado, ya que probablemente había necesitado mucho valor para hacerlo. Irónicamente, él no opina lo mismo, ya que estaba convencido y feliz de compartir su opinión.

Este es un ejemplo extremo de lo que sucede normalmente. De hecho, es un niño con una audición normal cuyo progenitor tiene sordera y utiliza el lenguaje hablado, por lo que tanto él como su hermano han crecido aprendiendo sobre la escucha y el lenguaje hablado. Se han convertido en expertos de facto que están acostumbrados a corregir la información errónea sobre la sordera. Y no son los únicos. Hay más personas que corrigen constantemente las suposiciones de que yo o todas las personas con sordera conocemos la lengua de signos.

Nuestros hijos no se propusieron llevar a cabo esta tarea, pero no pueden evitarlo. Bien porque les enseñamos activamente o porque aprenden por ósmosis, ¡o de ambas maneras! Son nuestros aliados. Y nos sentimos orgullosos de ellos.

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